Paul Duncan era el supervisor de la empresa de seguridad "Only once", la más peculiar en su sector de todo el país. Con frecuencia tenían que hacer frente a demandas judiciales por los métodos utilizados a la hora de reducir delincuentes. El slogan de la empresa era famoso en radio y televisión: -Quien roba un bien protegido por "Only once", lo lamenta profundamente.
Serían las ocho menos diez de la tarde cuando sonó el teléfono de su despacho. Descolgó sabiendo que al otro lado escucharía la voz de Sara, su secretaria personal, encargada de filtrarle las llamadas.
-Señor Duncan, llama el gerente de la empresa "Stores Happy Day", un tal Harry Brown. Dice que le conoce personalmente y que es muy urgente.
-Muy bien, páseme la llamada.
-¿Harry? ¿Eres tú?
-Hola Paul, ¿cómo va esa vida?
-Entre muy bien y excelente, jaja. ¿Todo bien, Harry?
-Por eso te llamo. Hemos tenido un problemilla en los almacenes. Algo alucinante. Necesito que pases, veas las grabaciones de vídeo y nos des tu opinión. Temo que podría volver a repetirse.
-¡Cuánto suspense, debe ser un plato especial ! En una hora estoy ahí.
-Gracias Paul. Te agradezco que te ocupes personalmente. Hasta luego.
Una hora más tarde, y tras un efusivo saludo entre ambos, se dirigieron al despacho donde se encontraban los registros de las cámaras de seguridad. Harry le presento al encargado.
-Bob, pasa la cinta, por favor.
Paul observaba la pantalla espectante. El plano de cámara visualizaba una amplia panorámica de la entrada del establecimiento controlando el movimiento de clientes. Se fijó en la hora que marcaba el reloj digital de la cinta de la cámara, diecinueve quince. De pronto observó irrumpir por la puerta de "Stores Happy Day" a un variopinto grupo de personas de ambos sexos con edades comprendidas entre los dieciocho y cuarenta y cinco años, de forma atropellada y gesticulando como locos. Paul interpretó por los gestos que estaban gritando para crear mayor desconcierto. En un momento se dispersaban por distintos pasillos de la planta, arramplando a la carrera con todo tipo de artículos, ropa de calle y deportiva, calzado, complementos, perfumes...
La operación de asalto duró menos de minuto y medio. Alguna cámara reflejaba las caras de los empleados, incrédulos unos y otros todavía acojonados. Nadie había sabido cómo reaccionar. Le pasaron distintas tomas de otras cámaras en las que se veían las caras de algunos de los asaltantes. Se veía la expresión de risa histérica y excitación en alguno de ellos. Bob paró la cinta.
-Bueno Paul, ¿Habías visto algo semejante?
-¿Habeis realizado ya la denuncia al seguro y policía?
-No, por el momento. Lo que acabas de ver ha ocurrido hace un par de horas. ¿Te imaginas si la noticia trasciende? ¿Y si se pone de moda y se repiten este tipo de actos? ¿Cómo crees que debemos proceder?
-Harry, te voy a ser sincero. Lo que ha sucedido hoy volverá a repetirse. El éxito que han conseguido les animará nuevamente, estoy convencido. Y sí, conocía ya este tipo de actos en otras ciudades. La primera ocurrió hace exactamente dos semanas. Son consecuencia de citas o quedadas a través de las redes sociales. En mi opinión, deberíais ir preparándoos para un nuevo asalto a partir de un mínimo de unos veinte días. No se atreverán a repetirlo antes en el mismo sitio. Con relación a realizar la denuncia, probablemente a estas horas ya estarán alardeando del éxito de su operación en la red, así que no vais a poder ocultarlo. No son ladrones habituales, son gilipollas de distintas capas sociales que están aburridos, sin un rumbo claro en la vida y jugando a transgredir las normas y hacer la revolución social a su manera, pero lo que realmente buscan es protagonismo, que se hable de ellos. Necesitan dar a conocer sus acciones al igual que les encantaría salir en Gran Hermano o en cualquier movida que les haga sentirse especiales, diferentes, pero por ahora solo tienen la Red, que no es poco. Te puedo ofrecer nuestros servicios hasta que ocurra el próximo asalto. Te garantizo que no lo repetirán aquí nunca. Recibirás un presupuesto y un contrato por duplicado. Como bien te habrás informado antes de llamarnos, los métodos que utilicemos son secretos. En caso de aceptación, en veinticuatro horas estaremos al cargo de la seguridad de vuestra empresa. Y como siempre y para tu tranquilidad, "Only once" asume toda responsabilidad legal y penal asociada al desarrollo de nuestro trabajo.
-Gracias Paul. Te lo agradezco de veras. Envíame esos documentos cuanto antes. Cuento con tu ayuda.
-De acuerdo. Tengo que irme. Recuerdos a Carol de mi parte.
Al día siguiente a media mañana, Harry Brown firmaba el contrato como representante legal de la empresa. Veinticuatro horas más tarde, "Only once" se hacía cargo de la vigilancia y seguridad de Stores Happy Day.
Fueron transcurriendo los días y todo volvió a la normalidad, aunque a los empleados no dejaba de llamarles la atención que el número de vigilantes era inferior al que había antes del asalto, y además su aspecto físico, enclenque y esmirriado dentro de los uniformes, no les inspiraba excesiva confianza. Incluso el propio Harry en algún momento llegó a dudar de la opción elegida. Varias visitas de dos responsables de "Only once" en las que habían realizado un exaustivo estudio de las instalaciones, estudiando palmo a palmo cada espacio de las mismas, junto a una serie de indicaciones para habilitar un espacio interior al fondo de la galería con dos largas mesas contra la pared, varias sillas y un par de sofás con mesitas auxiliares y revistas, y una sola puerta de acceso, le tenían desconcertado.
El 14 de Septiembre Paul llamó a Harry. Eran las doce del mediodía. Habían pasado treinta y cuatro días desde el asalto. Los servicios de seguridad de Only Once habían dado con el enlace en el que se comunicaban los asaltantes y realizado un seguimiento exaustivo de cualquier mensaje o notificación realizada.
-Harry, hoy es el día. Será a las seis en punto de la tarde. Quiero que sigas mis instrucciones según os hemos indicado. Por la tarde nos vemos, hasta luego.
A las cuatro de la tarde Paul Duncan y su ayudante se encontraban en el despacho elevado de Harry. Disponían de una privilegiada perspectiva del local sin que pudieran ser observados desde el exterior. Quien mirase en aquella dirección solamente vería un espejo en la pared. Harry observó a los camareros. Tres se habían colocado en el interior de la sala habilitada y dos más estaban junto a la puerta, charlando de forma distendida. Le sorprendió el impresionante aspecto físico. Se imaginó echando un pulso con cualquiera de ellos. Le dolía el brazo de solo pensarlo. Dirigió la mirada hacia la entrada del local y vio a dos metros de la puerta de acceso al vigilante de costumbre, con su aspecto esmirriado y la sensación de vestir un uniforme dos tallas más grande. Cuando se giró hacia Paul, este comprendió sus dudas y sonrió abiertamente.
-Harry, confía en nosotros, todo está controlado.
-Eso espero, Paul, eso espero...
Eran las seis menos cinco de la tarde cuando la veintena de personas que se encontraban en aquel momento en el local fue invitada por cortesía de la casa a tomar un refrigerio. El segundo de Paul llevaba colocado un equipo de comunicación inalámbrico.
-Atención, todo el mundo en sus puestos y preparados. Actuamos en cinco minutos. Equipo Alpha, ¿preparados?
-Afirmativo, jefe.
-De acuerdo. Salvo orden de abortar, pasamos a fase cero. Corto.
Dentro del despacho de Harry la tensión electrizaba el ambiente. Los clientes, dentro de la sala, permanecían ajenos a lo que iba a ocurrir. Paul miró la hora de su Tag Heuer Carrera. Faltaban treinta segundos para las seis de la tarde. Fue siguiendo el movimiento de la aguja del segundero con la misma fascinación que sentía siempre instantes antes de cada operativo, ese momento en el que se plasmaba toda la programación de un plan minuciosamente calculado. Cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero...
Entraron como la marabunta, gritando al estilo comanche mientras se dispersaban por los pasillos, llevándose por delante al escuálido vigilante, despatarrado entre los tejanos de caballero del pasillo central.
Al igual que la vez anterior, entre los asaltantes había diversidad en la edad y vestimenta. Se movían como locos, arramplando con todo lo que les llamaba la atención y que una persona puede ser capaz de sujetar con sus dos manos y brazos. Paul observaba con tranquilidad lo que estaba sucediendo. Miró a Harry por el rabillo del ojo, y le notó descompuesto.
- ¡Esto es una locura! exclamó Harry mientras se echaba las manos a la cabeza. ¡Paul, por favor, haced algo, están arrasandolo todo... !
En ese instante, alguien entre los asaltantes dio una orden.
- ¡Tiempo! ¡Fuera! ¡Todos a la puta calle! ¡Rápido!
Se abalanzaron nuevamente a la carrera hacia la puerta. Los que iban los últimos, llenos de ansiedad por escapar del local con el botín conseguido entre los brazos, chocaron de repente con los que les precedían, formándose una montonera en la que se vieron bloqueados.
-¡Vamos! ¡Salir! gritaban empujando a los de delante.
Harry no daba crédito a lo que veía. La puerta de acceso a la calle estaba cerrada. Una docena de hombres con pasamontañas, de fuerte complexión y completamente vestidos de negro, cortaba el paso a la misma. Los asaltantes que iban en cabeza se habían frenado en seco al verlos y comprobar que la puerta estaba cerrada. Tres despistados, cegados por los nervios, habían chocado contra los hombres de negro, que con un eficaz y certero empujón, los habían tirado a los pies de sus compañeros, con la ropa desparramada por el suelo. -¡Hijos de puta! gritaba uno de ellos mientras lloraba como un niño asustado.
Nadie se atrevía a dar un paso hacia la puerta. Uno de los hombres de negro se adelantó del resto, dirigiéndose al grupo con voz grave y templada.
-¡Atención, escucharme todos! Solo lo diré una vez. Quiero que os coloquéis en dos filas depositando a un lado en el suelo todo lo que habéis cogido.
-No le hagáis caso, gritó un tipo de unos treinta y cinco años de cabeza rapada que se encontraba entre el grupo. Somos cuatro veces más que ellos. ¡Vamos a zurrarles!.
Empezaron a jalearse unos a otros, dándose ánimos para lanzarse contra los hombres que les cerraban el paso.
-A la de tres todos a por ellos. Uno, dos y...
No había llegado a tres cuando alguien se adelantó abalanzándose contra el hombre de negro. Este lo esquivó con una llave, lo lanzó al suelo de un golpe y antes de que intentara levantarse sacó una pistola oculta bajo el costado de la chaqueta y le descerrajó dos tiros. Dos manchas rojizas afloraron en su pecho y en segundos yacía en un charco de sangre. Todos gritaban desbordados por un súbito ataque de ansiedad, presos por el pánico ante la visión del cuerpo inmóvil del individuo. Solo una voz se atrevió a balbucear la palabra asesinos antes de que los sollozos de varios del grupo fueran el único sonido audible.
En el despacho, Harry estaba pálido, paralizado, los brazos inertes. Miró a Paul buscando una explicación. Aquello se les había ido de las manos. Acababan de presenciar un asesinato. ¿Porqué estaban Paul y su ayudante tan tranquilos? No reconoció en aquel monstruo a su antiguo compañero de facultad. Llenó sus pulmones de oxígeno y gritó con rabia.
-¿Qué coño es esto, Paul? ¿Se puede saber que habéis hecho? Tu gente la ha cagado. Vamos a terminar en la cárcel.
Paul le miró abiertamente a los ojos, se acercó y le dio una palmadita en el hombro.
-Sigue observando Harry, solo quedan cinco minutos y todo habrá acabado. Confía en mi.
Harry se volvió y miró hacia abajo. Todo el grupo estaba sentado en el suelo, en dos filas. La ropa había sido depositada a un lado. Dos hombres de negro iban cámara en mano, fotografiando sus rostros de uno en uno. El que había disparado se dirigió al grupo.
-¿Alguien le conocía? ¿Era amigo de alguno de vosotros?-preguntó señalando al muerto.
Todos movían la cabeza en sentido negativo. Nadie lo conocía.
-Muy bien. Ahora estáis fotografiados y registrados. Si alguien dice una sola palabra de lo que aquí ha ocurrido acabará igual. Si alguien vuelve a repetir el intento de robo en estos almacenes acabará igual. ¿Queda claro? ¿Lo habéis entendido? De acuerdo, veo que no hay objeción alguna. Ahora abriremos la puerta. Quiero que salgáis de dos en dos, de forma ordenada, despacio pero sin pararos. Una vez atraveséis la puerta cada uno se va a su casita sin hablar con nadie, y mañana al despertar imaginaros que todo ha sido un sueño. ¿Entendido? Muy bien. ¡Todos en pie!
En dos minutos habían abandonado el local. Volvieron a cerrar la puerta. Paul pulsó el interfono dirigiéndose a los hombres de negro.
-Muy bien chicos, podéis quitaros los pasamontañas. Y tu Clive, levántate de una puñetera vez antes de que a mi amigo Harry le de un infarto- dijo sonriendo.
-¡Qué cabrón eres Paul! ¡Qué pedazo cabrón! exclamaba Harry viendo levantarse al tipo que momentos antes era un cadáver.
-La magia del cine, Harry. Da orden que limpien el charco y recojan la ropa. En cinco minutos todo tiene que estar despejado, tienes unos invitados al fondo que estarán hartos de canapés. Son las seis y veinte. En diez minutos podéis abrir al público. Y ahora te invito a una cerveza, que te la has ganado. Jode tío, qué mala cara tienes todavía.
-Hijo de puta...
FIN
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kehaydenuevoviejo
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